Han Escuchado: "No Asesinarás" (Mt 5.21-26)
- Arturo Soto

- 3 jun 2024
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 12 jun 2024

En la época del primer siglo, existían numerosas escuelas rabínicas y fariseas con diversas interpretaciones respecto a los mandamientos de la Torá y la manera correcta de observarlos. La discrepancia entre estas escuelas era tan pronunciada que acordaron unánimemente que, cuando viniera el Mashíaj, él les enseñaría la interpretación correcta. Esto es precisamente lo que sucede en Mateo 5.
Ieshúa comienza afirmando que no vino a destruir la Torá, sino a cumplirla, lo que significa que vino a darle la interpretación correcta. En hebreo, el término "destruir" se refiere a dar una interpretación incorrecta, lo que efectivamente "destruiría" el mensaje de la Torá. Por otro lado, "cumplir" implica proporcionar la interpretación adecuada. Dar una interpretación incorrecta de los mandamientos de la Torá equivale a destruir su verdadero sentido y significado. Si esta mala interpretación se enseña al pueblo, conduciría a su destrucción espiritual.
Ieshúa comienza su enseñanza a sus discípulos y todo aquel que tenga oídos para oír con el mandamiento: "no asesinarás", es decir, no quitarás la vida voluntariamente. Introduce su enseñanza diciendo: "habéis oído," refiriéndose probablemente a la lectura de la Torá en la sinagoga. El itmar rabínico (= 'se enseñó como tradición) es un paralelo exacto, ya que Ieshúa comenzó su enseñanza que la justicia de su discípulo deberá ser superior a la del fariseo. Aquí Ieshúa se ocupa de la interpretación rabínica de los mandamientos. Ieshúa dirá que esto fue dicho a los "antiguos" (Mt 5.21), se encuentra en plural, y de esta manera, aborda el tema respecto al mandamiento no matarás, la Sexta Palabra, que prohíbe el asesinato (Ex 20:13; Dt 5:17). Luego Ieshúa añade lo siguiente: "Por lo tanto, solo el que asesine será reo de juicio" (Mt 5:21). Es decir, esto es lo que superficialmente comprendián los fariseos con el mandamiento. Este añadido es un resumen justo de la legislación establecida en Éx 21:12: "El que hiriere a alguno, haciéndole así morir, él morirá" (Éxodo 21:12) = Lv 24:17; Nm 35:12; y Dt 17:8-13. Parece reflejar una generación que, obedeciendo el mandamiento, evitaba el asesinato, pero no el odio hacia sus hermanos. Cumplían con la letra de la Torá, pero no con el espíritu e intención del mandamiento.
Luego Ieshúa dirá: "Y yo os digo" (Mt 5.21): El mismo “Yo” se repite en todos los casos a lo largo de la serie (Mt 5:28, Mt 5:32, Mt 5:34, Mt 5:39, Mt 5:44, y compárese con Mt 5:18), porque él "les enseñaba como quien tiene autoridad" (Mt 7:29). Agrava el sentido de antítesis contra la interpretación rabínica. Esta forma de discurso rabínico se utiliza para introducir la elucidación de la Torá... 'Habéis oído' o "Se ha dicho' seguido de 'Y yo os digo' son un complementario de expresiones técnicos del vocabulario básico de la retórica rabínica. Todo lo que Ieshúa enseña en cuanto a los mandamientos estaba realmente implicado en la Torá, y Ieshúa lo sacó a la luz, para dar una exposición más clara y completa de sus requisitos. I
Ieshúa procede a condenar el pecado desde el deseo maligno que nace en el pensamiento de cada persona, que es la causa que lo lleva a la acción. Esto refleja el verdadero mensaje de la Torá: su espíritu y la esencia de sus mandamientos. Afirma que quien se enoje contra su hermano será culpable de juicio (Mt 5:22). La Torá prohíbe al israelita asesinar al prójimo, como se citó anteriormente. Con el mandamiento "no asesinarás", muchos en Israel probablemente entendían que el pecado se limitaba únicamente al acto. Sin embargo, la Torá también nos instruye: "No odies a tu hermano en tu corazón" (Lv 19:17). Aunque no especifica la condena por albergar odio en el corazón, ya que los jueces de Israel solo podían juzgar las acciones externas y solo Dios conoce el corazón de cada persona, Ieshúa equipara el deseo de "odiar al hermano en el corazón" (Lv 19:17) con el mandamiento de "no asesinarás", que vendría su manifestación externa. Esto subraya que la raíz del pecado está en los pensamientos y sentimientos negativos, no solo en las acciones.
Este delito no sería considerado punible ni siquiera por el Sanedrín, ni por ningún tribunal judío establecido en cada ciudad importante de acuerdo con el mandato de Dt 16:18 (2Cr 19:5), pero la mente divina de Dios, que es el Juez, puede juzgar las intenciones malvadas del corazón en la Corte Celestial: “yo soy el que escudriña la mente y el corazón; y os daré a cada uno según vuestras obras.” (Ap 2.23). Por lo tanto, el tribunal ante el que Ieshúa cita no es más que uno: el de Dios. De esta manera, Ieshúa explica el mandamiento "no asesinarás", que está en la misma Torá, como aplicable incluso a la ira contra hel hermano, compárese con: "abrir la boca en asesinato" (Ez 21:27(22), y en Salmo 42:11(10): "Como asesinato en mis huesos, me insultan mis adversarios".
Existe un ejemplo paralelo en Gn 4:5: Caín se "enfureció en gran manera". Sentimiento interno que finalmente le llevó a su manifestación externa, es decir, a cometer el delito de asesinato contra su hermano. De esta manera, la Torá de Dios prohíbe no sólo el asesinato, sino también la ira maligna y sus manifestaciones orales. Ieshúa impone una moralidad más interna y almática, dice que delante de la Torá no sólo el asesinato es un crimen, que merece el severo castigo que los tribunales locales solían infligir, sino que la ira es un crimen, y debe ser castigada también (compárese 1Jn 3:15) y que el uso de palabras de desprecio es una ofensa digna de ser castigada por el tribunal más alto, digna de la perdición eterna.
Por otro lado, un hombre puede evitar cuidadosamente el uso de términos específicos como "simplón" y "tonto," y aun así violar con frecuencia el espíritu de la enseñanza de Ieshúa. Si tales expresiones de enojo son pecaminosas, cuanto más lo serán todas las maldiciones. Maldecir es inherentemente malo, y los hombres a veces intentan excusarse alegando que estaban incontrolablemente enojados. Sin embargo, esta justificación es contradictoria: las mismas palabras pecaminosas no pueden ser excusables precisamente porque provienen de un sentimiento profundamente malo.
Reconciliación ti Mt 5.23-26:
Desde el mandamiento negativo, el no admitir el odio y el espíritu de asesinato en el alma, Ieshúa pasa al mandamiento positivo y enseña que sus Discípulos deben apagar la llama de la ira en el corazón de su hermano también, como corresponde a un pacificador (Mt 5.9). La reconciliación sustituye al odio. Antes de buscar la reconciliación con Dios hay que buscar la reconciliación con el hermano (cf. Mt 6.12.14-15). En esto se manifiesta la pureza del amor en su mayor esplendor. Este precepto no se aplica solo a los casos en los que la ira de nuestro hermano fue provocada por una injuria de nuestra parte. La expresión ἔχειν τι κατά σου, tiene algo contra ti, se hace intencionalmente general, y significará que alguien está enojado contigo, refiriéndose al hermano del v. 22 que está enojado contra el ahora oferente. Según el contexto, aquel hermano ofendió e insultó, porque tenía algún agravio, ya fuera justificable o no, contra aquel que ahora presenta su ofrenda ante el altar.
Esta interpretación supera la justicia de los escribas y fariseos.
Dirá Shaúl /Pablo: El hecho de que tengan semejantes demandas legales unos contra otros es en sí una derrota para ustedes. ¿Por qué mejor no aceptar la injusticia y dejar el asunto como está? ¿Por qué no prefieren simplemente soportar ser defraudados? (1 Corintios 6:7 1).
La idea de vincular la expresión de este amor puro con el acto de ofrecer sacrificios es especialmente profunda. En ese acto, el hombre se acerca al amor eterno para reclamar su compasión para sí mismo. Llega al Altar con un animal puro, sin mancha, sin falta, sin culpa, destinado injustamente a morir en lugar del oferente. Para el discípulo creyente, esta escena representa su propia presentación delante del Altar Celestial, con el sacrificio y la sangre del Justo que murió por los pecadores: Ieshúa el Mashíaj / Mesías, el Cordero de Elohím/ Dios. Para el hermano que se presenta con su ofrenda delante del altar, alguien estaba destinado a morir injustamente en su lugar. Este era el momento ideal para mostrar misericordia hacia el hermano condenado por sus palabras y buscar la reconciliación, sin importar quién fue el culpable. En la mayoría de los conflictos entre hermanos, ambos creen tener la razón. Y cuando hay ira o insultos, ya sea de uno o de ambos, ambos quedan bajo la mira del Gran Juez. Con esto Ieshúa manda a sus discípulos a perseguir la paz y la reconciliación, apagando la ira, justificada o injustificada, del hermano. Recordamos las palabras de compasión pronunciadas desde la cruz: "Perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23.34). Y sobre el amor al prójimo declaró el Gran Maestro y Señor: "Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas" (Mt 6:14-15).
La diferencia con el homicidio es que, en el caso de una falta verbal contra el prójimo, esta puede ser reparada. Sin embargo, cuando hay una muerte de por medio, no es posible la reconciliación con el prójimo asesinado.
La entrega a Dios no es grata a Dios sin el amor al prójimo (Os 6:6). Los discípulos de Ieshúa deben buscar la paz con su prójimo antes buscar la reconciliación con Dios (cf. Pro 6.1-5). La Didajé dice: “El que de entre ustedes esté enemistado con su prójimo, que se aleje de la Comunidad hasta que se haya reconciliado con él, a fin de no profanar tu sacrificio.” (Didajé 14.2). Dios, en la Corte Celestial, conoce el corazón y es plenamente consciente de lo que de otro modo podría estar oculto para los demás. El libro de Enoc dice: “Os juro a vosotros pecadores por el Santo y el Grande que todas vuestras malas acciones son manifiestas en los Cielos y que ninguno de vuestros actos de opresión está oculto o secreto. No penséis en vuestro espíritu ni digáis en vuestro corazón que no sabíais o no veíais que todo pecador es inscrito diariamente en el cielo ante la presencia del Altísimo. Desde ahora sabéis que toda la opresión que ejercéis es registrada día a día hasta el día del juicio” (Enoc 98:6-8).
Ieshúa afirma que los pacificadores serán los hijos de Dios (Mt 5.9). Porque la prueba del amor está en las obras. El amor de Dios nunca es ocioso. Y cuando rehuye obrar ya no es amor. "En esto conocerán que son mis discípulos... en que se amen los unos a los otros" (Jn 13.35). El que ama a Dios no puede despreciar su voz cuando le manda amar a su prójimo. Y el que de una manera soberana ama al prójimo, ¿a quién otro ama sino a Dios? Este es el amor que recomendó nuestro Amo y Señor: "como yo los he amado" (Jn 13.34). Esta es la señal que da a conocer a los creyentes. Dice que estos son sus discípulos. Ya en otra ocasión dijo el Gran Amo y Maestro: "Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas" (Mt 6:14-15).





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